CLAVECÍN(1121)
El clavecín (también llamado clave, clavicímbalo, clavicémbalo, gravicémbalo, o cémbalo) es un instrumento musical con teclado y, al igual que el arpa y la guitarra, de cuerda pulsada (a diferencia del piano o del clavicordio, que son instrumentos de cuerda percutida).
El clavecín fue uno de los instrumentos más populares durante el Barroco. Sin embargo, fue cayendo en el olvido durante las últimas décadas del siglo XVIII, momento en el que los compositores se decantaron por el fortepiano (antepasado del piano moderno), el cual, a diferencia del clavecín, permitía cambios de volumen con solo variar la intensidad de pulsación de las teclas.
El clavecín tiene variantes más pequeñas y económicas, como la espineta y el virginal, que no deben confundirse con el clavicordio (en inglés, clavichord).
Historia y descripción
El salterio griego (psalterion), uno de los primeros instrumentos cordófonos, puede considerarse un primigenio ancestro del clavecín, en tanto que instrumento de cuerda, si bien se tocaba percutiendo las cuerdas, en lugar de pulsándolas. Sin embargo, la primera referencia histórica a un antecesor directo del clave la encontramos en un documento de 1360, el cual menciona el eschequir que el rey Eduardo III de Inglaterra regaló a Juan el Bueno, su prisionero durante la Guerra de los Cien Años. Aunque se desconoce cómo era aquel primitivo instrumento, se supone que sería un instrumento de tecla y cuerda pulsada. Asimismo, según una carta datada en 1397, el médico y astrólogo Hermann Poll sería el inventor de un nuevo instrumento denominado clavicembalum, que, según parece, podría ser considerado el primer clavecín.
El clavecín fue desarrollándose y popularizándose a lo largo de los siguientes siglos, durante el Renacimiento y, especialmente, el Barroco. En los diferentes países fueron surgiendo diferentes constructores, dando lugar a diversas escuelas de construcción.
Normalmente, el instrumento consta de uno o de dos teclados manuales, según las diferentes épocas y escuelas. Las teclas de estos teclados accionan un mecanismo que hace sonar las cuerdas. Normalmente, un clavecín dispone de varios juegos de cuerdas, llamados registros, atendiendo a los modelos de los diferentes constructores. Estos registros suelen ser, siguiendo la terminología de los registros del órgano, de ocho pies (8') y/o de cuatro pies (4'). Las cuerdas de un registro de 8' producen la nota en la misma octava que la tecla pulsada, mientras que las cuerdas de un registro de 4' producen la nota en la octava superior. En algunos clavecines de gran tamaño, pueden encontrarse excepcionalmente otros registros, como el de 16 pies, que produce el sonido a la octava inferior, o de 2 pies, que suena dos octavas más agudo.
Si bien a finales del siglo XVIII, el clavecín sufre un paulatino olvido por parte de los músicos, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, el instrumento fue revivido, en parte, gracias a la pianista Wanda Landowska, quien fue la primera profesora interesada en el clavecín en tiempos modernos (en la ciudad de Berlín), y no sólo interpretó antiguas obras escritas para el instrumento, sino que también encargó obras nuevas a diferentes autores, entre ellos el compositor español Manuel de Falla, como el Concierto para clave. Landowska no se interesó en el sonido de los claves antiguos sino que propició la construcción de claves modernos, con estructuras derivadas de la construcción del piano (como los clavecines Pleyel). Con los excelentes progresos de restauración y fabricación de copias de los instrumentos antiguos, desde hace más de cuarenta años ha resurgido el interés por el clavecín histórico. La claridad de su timbre y exquisita riqueza en armónicos lo hacen irremplazable para la ejecución de música polifónica.
Mecanismo
Cuando el intérprete presiona una tecla hacia abajo, esta actúa a modo de balancín (dispone de un pivote en el centro), de tal modo que su parte posterior sube. Sobre esta parte de la tecla descansan los martinetes, por lo que, al accionar la tecla, estos suben también. El martinete o saltador es la pieza rectangular (normalmente de madera) que contiene el plectro, encargado de pinzar la cuerda a fin de hacerla sonar. Los plectros, históricamente, están hechos de pluma de ave, aunque, en muchos instrumentos actuales, se suelen emplear plectros de plástico.
Los martinetes de un clavecín están
ordenados en uno o varios registros: unas tiras de madera (móviles
o fijas) con unos agujeros rectangulares en los que están introducidos los
martinetes. Cuando un registro determinado se encuentra activado, los
martinetes están cerca de las cuerdas, de tal modo que los plectros pueden
pinzarlas. Los registros que son móviles pueden estar "desactivados",
es decir, con los martinetes más alejados de las cuerdas, de manera que, al
subir estos, los plectros no llegan a estar en contacto con las cuerdas.
Cada martinete dispone, además, de
un apagador, una pieza de fieltro que, cuando el martinete está en
posición de reposo, queda en contacto con la cuerda (por la parte de arriba) a
fin de silenciarla.
El proceso en que una cuerda es
puesta en vibración por parte del plectro puede explicarse en las siguientes
fases:
·
Cuando el martinete está en reposo (la tecla no ha sido presionada), el
plectro no está en contacto con la cuerda. El apagador reposa sobre la cuerda,
reduciendo posibles vibraciones por simpatía.
·
Cuando la tecla es presionada, el martinete sube y el plectro se
aproxima a la cuerda, poniéndose en contacto con la misma, y sufriendo una
tensión que lo hace curvarse ligeramente.
·
Tras vencer la tensión, el plectro pinza la cuerda, haciéndola vibrar y,
por tanto, se produce el sonido. El martinete topa con una tapa de madera,
conocida como regla de martinetes o regla de
saltadores, la cual para el movimiento vertical del mismo. Dicha regla está
cubierta en la parte inferior por un fieltro, a fin de reducir el ruido de la colisión
de ambas maderas.
·
Cuando el intérprete sube la tecla, el martinete desciende por acción de
la gravedad. Una lengüecilla móvil hace posible que el plectro bascule, de tal
modo que solo roza de forma mínima la cuerda. Cuando el martinete vuelve a la posición
inicial, el apagador vuelve a estar en contacto con la cuerda, apagando la
vibración de la misma, por lo que el sonido cesa.
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